sábado, 21 de febrero de 2015

De nuevo oscuridad

El bus se tambalea debajo de su cuerpo produciendo un incesable traqueteo. Las gotas de lluvia se pegan a los cristales y dibujan recorridos por ellos, perdiéndose con el viento al final del trayecto. La ciudad, húmeda y fría, brilla llena de luces fuera, bajo las noches de febrero. Toquetea el forro de su abrigo, con nerviosismo, mientras pasea la mirada por dentro de aquel viejo bus. Un par de colegialas conversan animadamente, dos asientos delante suyo. Un hombre con gafas revisa su maletín de trabajo, y una mujer a su lado se muerde las uñas. Prácticamente el lugar está vacío. De fondo suena la radio, un par de presentadores comentando un partido de fútbol en el que participa el equipo local. Vuelve a desviar la mirada a la calle, y se da cuenta de que es su parada. Camina veloz entre los asientos hasta la puerta, justo cuando se cierra la puerta.

-Perdón, ¿puede abrirme?

El conductor presiona un botón y las puertas, que acababan de cerrarse, vuelven a estar abiertas.

-Muchas gracias.

Se coloca la capucha y sale del bus, rumbo a la ribera del río. Los edificios desaparecen detrás suyo, junto con las luces, y se adentra en la espesa oscuridad. El viento se levanta y comienza a llover con más fuerza, pero no le importa lo más mínimo. Camina lo más rápido que puede y, cuando revisa su móvil y ve que llega considerablemente tarde, echa a correr. Se tropieza varias veces con las piezas del camino sin llegar a caerse, la lluvia helada le golpea la cara, el viento le quita la capucha y apenas ve el camino, pero ya da igual. Ya no importa. Corre a trompicones hasta llegar al lugar, a la piedra gris y enorme del camino, junto a la farola. Sus ojos se acostumbran a la luz, y entonces es consciente de que no hay nadie. Se asoma por el muro y revisa cada rincón, pero ya no queda rastro. Se ha ido. Hecho polvo se deja caer en el banco de madera mojada y se cubre el rostro con las manos, mientras un par de lágrimas saladas brotan de sus ojos. Se ha ido, y no volverá. Cuando vuelve a dirigir la mirada al frente, compadeciéndose de sí mismo, un par de manos cubren su rostro y una sonrisa se le dibuja en la cara. Retira las manos de sus ojos y se gira sonriente, donde se encuentra con la mirada de una mujer que no ha visto jamás. La sonrisa se ve sustituida por una mirada desconcertante, y es en ese momento cuando la mujer, de su chaqueta, saca una pistola. No le da tiempo a reaccionar, siquiera a cerrar los ojos. Un segundo después de nuevo oscuridad.

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