jueves, 19 de febrero de 2015

Despedida

Apoyo la mano en el cristal helado. El espejo está empañado por el vapor de la ducha. Froto este y dibujo un círculo en el que puedo ver mi reflejo. Mi pelo mojado dibuja líneas oscuras por mis pómulos, pegado a mi cara, y mis ojos lucen llorosos y brillantes. Me gusta llorar en la ducha porque las lágrimas se mezclan con el agua y se pierden por el desagüe. Parecen tener menos importancia. Cojo el secador de pelo y pronto todos mis pensamientos se disipan con el ruido, ya no oigo nada, ya no pienso nada. Vacío mi mente al completo y dejo que el aire caliente seque cada mechón de mi cabeza. Ha sido un día largo, casi eterno. Los problemas se me acumulan en mi eterna lista de cosas pendientes que tengo que hacer. No puedo con todo, realmente no puedo con todo. Comienzo a sentir una opresión en el pecho que me va cortando la respiración. No soy capaz, no soy capaz de afrontarme a nada. En efecto, cada vez me cuesta más respirar, cada vez más, cada vez más. Doy un paso atrás y me apoyo en el lavabo, me mareo. ¿Qué me está pasando? Las voces en mi cabeza surgen de nuevo, haciéndome sentir pequeña, absurda, invisible, inútil. Cada vez chillan más, pero yo cada vez oigo menos. Me tambaleo hacia atrás y tiro del cabledel secador, que se desenchufa y deja de hacer ruido al momento. Ahora solo oigo voces, solo veo monstruos. Comienzo a sentir el agobio de no poder respirar y voy perdiendo el equilibrio, doy un paso hacia atrás y piso mal en una baldosa mojada. Instantáneamente me resbalo y mi cuerpo desnudo choca con el frío y húmedo suelo, al mismo tiempo que mi cabeza rebota con el borde de la bañera. Me incorporo de las baldosas heladas, en las que de repente se han dibujado unos círculos rojos. Llevo inmediatamente mi mano izquierda a la cabeza, donde me he dado el golpe, y compruebo que estoy sangrando, pero mis voces siguen sonando. Me levanto con las piernas temblorosas y camino hasta el pasillo, hasta el teléfono fijo. La sangre continúa resbalando por mis hombros y dibujando recorridos por mi piel, pero a mí ya no me importa. Ya no me duele. Ya no oigo voces. Ya me da igual. Marco el número y espero al primer pitido. Me tambaleo hacia atrás y mi cabeza choca contra la pared, dejando un rastro de sangre roja y húmeda. Sonrío al oír la voz de la chica al otro lado del teléfono, que me responde malhumorada y con frases llenas de palabras malsonantes.
-Te llamo para decirte que me voy.
-¿Qué coño dices?
-Me voy, lo han querido así. No ha hecho falta ni planearlo.
-¿Cómo?
-Me voy. Te quiero.
Entonces mi espalda resbala por la pared y acaba apoyada contra esta, mientras el teléfono cuelga y la chica, al otro lado de la línea, chilla.

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