¿Recuerdas cuando nada
importaba, cuando nada hacía daño, cuando todo consistía en ganar cada partida
y reírse con los amigos? Echo de menos todo aquello. Echo de menos los desayunos
de cola cao y galletas, la ayuda al ponerse el uniforme del colegio, la caja de
pinturas que se ponía en medio de las mesas redondas de colores, las mañanas de
moldear plastilina y los recreos de escondite, la hora de la siesta, los
dibujos de antes y no estos de ahora, tan horriblemente espantosos… los
bocadillos de nocilla, los recitales de ballet, las tardes de parque, las mañanas
de bici, los disfraces de carnaval, ese regaliz que se me hacía increíblemente eterno, los cuentos antes
de dormir, los cien mil peluches que me echaban de la cama, incluso las
pesadillas de cada noche. Echo de menos las pesadillas de cada noche, que al
fin y al cabo eran ficticias, que al fin y al cabo no hacía realmente daño. Dolía
mucho menos rasparse las rodillas y oír cómo se quiebra tu corazón. Dolía mucho
menos un ‘’No vuelvas a hacerlo, ¿entendido?’’ cada vez que la fastidiabas, a
oír un ‘’Déjalo, estoy bien’’. Dolía mucho menos no tener que aguantar nada
sobre tus hombros. Echo de menos la infancia, echo de menos el pasado. Ese es
mi problema, que añoro algo que jamás volverá. Echo de menos decir que estoy
bien y realmente estarlo. Echo de menos las sonrisas. Echo de menos no estar
rota, sino entera, sin la necesidad de nada ni nadie, sin la necesidad de
ninguna parte complementaria. Echo de menos ser yo, la de antes. Y para esto no
sería necesario remontar a la infancia, a los chupetes y los juguetes sin
piezas pequeñas, para esto no hace falta ir tan lejos. Quizá un año atrás
bastaría, quizá un único año atrás y alcanzaría la felicidad de nuevo. Pero,
despierta, no se puede hacer nada, no se puede luchar contra el tiempo.
Despierta y disfruta del momento dicen, y qué difícil es hacerlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario