Me he dado cuenta de lo sumamente similares que pueden llegar a ser las personas a la vida. A todos los medios que se manifiestan en la naturaleza. Y no me refiero al aspecto físico, como tantos de vosotros estaréis pensando en este momento. Me refiero al carácter, que es lo que realmente define a una persona. Su yo de dentro. Pueden ser completamente iguales a todo lo que tenemos delante. Desde el cielo, tranquilo y sumiso, homogéneo, con la cabeza llena de pájaros; hasta la tierra, segura y firme, real, fuerte, llena de capas, de secretos enterrados en ella. De todos los tipos por todas partes. Valientes, ardientes y llenos de vida, como el fuego, que de lejos da calor y de cerca quema; revoltosos y alocados, revolucionarios, como el viento, que tan pronto te acaricia como te lleva volando lejos. Yo, he descubierto, sería como el mar. Tranquilo en la orilla, revuelto en el fondo. Lleno de monstruos por dentro. Impredecible, tormentoso, oscuro en el interior, imposible de dominar pero sencillo de seguir la corriente. Creo que sería un mar enorme, y cuanto más revuelto, mejor. Cuanto más tormentoso, más yo. Lo que mejor nos define es lo que más pánico nos da, irónicamente. Lo contrario a nuestro interior es lo que solemos manifestar. Por eso todas las monedas tiene dos caras. Por eso nunca se llega a conocer a una persona, porque cuando piensas que ya la conoces te encuentras con una cara totalmente opuesta. Por eso toda la vida es tan idónea para representar el interior de cada nosotros. Porque se contradice continuamente, porque se mantiene en movimiento. Porque somos así, contradictorios, como el fuego, como el agua, como la tierra, como el aire. Porque somos nosotros y solo nosotros, y eso es lo que nos hace ser únicos. Porque me encantan las metáforas.
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