El hielo flotaba de la misma manera que siempre, sobre ese wisky con demasiados pocos años de más. Daba vueltas. Mareaba. Bailaba lleno de magnanimidad y gloria entre aquel mejunje culpable de esto y aquello. Tampoco era bastante ni suficiente. Un vaso que siempre me encontré demasiado vacío.
—¿Con qué objetivo haces todo esto?
—Con ninguno —respondió con minucia—, ¿tú con que objetivo lo haces?
—¿Hacerme preguntas?
—Sin respuesta —puntualizó.
Un sorbo tampoco era suficiente ni bastante.Un trago que siempre encontré demasiado fuerte.
—Masoquismo, me supongo —alegué con exagerada indiferencia.
—¿Por qué?
Pues no lo sé, joder, no lo sé. Todo aquello empezaba a cansarme hasta un punto tan considerable que era inútil tratar de retroceder.
—Antes de conocerte era feliz —escupí amargamente.
—¿Sí? —cuestionó extrañado.
—Sí.
Mentía como un bellaco, pero era un placer hacerlo. Él también sabía mentir, y lo hacía. Todo el mundo sabe mentir, y lo hace.
—He oído por ahí que la felicidad es la respuesta —confesó sin un ápice de sonrisa—. Quizá no necesites hacerte más preguntas.
—Quizá sí lo sea.
—Quizá sí —y le faltaron segundos para volver con una de las suyas, casi atragantándose de esta manera con las mismas aceitunas que tomaba siempre y que nunca parecían desaparecer del plato—, a no ser que esa no fuera tu pregunta.
—¿Cuál es la maldita pregunta entonces? —vociferé nervioso.
Nadie en el bar pareció inmutarse de mis graznidos. Todo el mundo allí estaba ya acostumbrado a mis pérdidas de control repentinas y continuas. Muchos días de taberna. Muchas tardes en aquel antro de mala muerte.
—¿Aún no la sabes?
—Aún no —confesé—.
—Pues yo no puedo dártela. Todo esto dejaría de tener sentido entonces.
Mis nervios llevaban ya mucho tiempo perdidos.
—¿Cuándo puñetas ha tenido esto sentido?
Pero no respondió, y no me extrañó lo más mínimo. Otra vez exactamente igual.
—¿Qué tengo que hacer para que respondas de una vez? —supliqué desesperado—. ¿Qué pasa conmigo? ¿Por qué tantas preguntas? ¿Por qué yo?
—¿Por qué tú? —preguntó sorprendido.
—¿Por qué yo? —me burlé de él, imitando su tono de sorpresa.
—¿Y por qué no?
Los ojos me ardían a causa de contener la ira.
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