Tristeza se emociona como cualquiera un sábado antes de salir.
Tristeza se viste de gala y maquilla sus mejillas con tonos pastel,
repite y berrea a voz de grito sus canciones favoritas,
alborota sus rizos agitando la cabeza
y baila al compás del segundero del reloj
siempre que llega exageradamente tarde.
Es guapa y bonita
y a veces se le olvida.
Se apunta las veces que llora al dormir.
Tristeza escoge zapatos al azar y desfila descalza sobre la moqueta,
se esconde en historias idílicas recitando en alto trolas y patrañas,
diálogos que ojalá pasasen,
vidas paralelas alejadas de lo correcto,
rímel explosivo y sombra de ojos,
identidad caducada y nunca sin cuestionar.
Es bonita y guapa
y a veces no se acuerda.
Se apunta las veces que llora al despertar.
Tristeza ojea revistas por encima mientras espera a que llamen al timbre,
coge la chaqueta por si acaso hace frío y la deja donde antes para tener una excusa,
guarda el tabaco en el bolsillo pequeño tanto para escaparse como por necesidad,
se retoca el pintalabios que dibuja su sonrisa
porque otra vez se le ha emborronado,
los labios se tatúan en la otra dirección,
lo intenta con tantas ganas que casi parece nueva.
Es belleza y soltura,
es dolor y aliento,
y a veces no se entera de que puede serlo todo.
Pero entonces Tristeza despierta,
reacciona y no hay muerte que más clara se advierta...
Pero entonces Tristeza la triste
quiere derrumbarse y ya ni una noche más resiste...
Y Tristeza se desviste y vuelve a caer.
Todo su cuerpo pesa demasiado
y todas sus ganas se han quedado en la almohada
al lado de las manchas de la sombra de ojos
y de la sonrisa desdibujada de ayer.
Desdichada desdicha la suya.
Triste tristeza a más no poder.
Tristeza se emociona como cualquiera un sábado antes de salir
y espera paciente en la puerta para aquel que no necesite de su presencia.
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