Me perdí en las luces tristes de reflejo lúgubre de todas las calles en el mes de diciembre, como quien abandona a sus demonios en la calzada de una autopista, para recoger otros completamente nuevos ocho metros más allá.
Me perdí como quien pierde a un alma gemela, sabiendo que las naranjas nunca tienen una sola mitad.
Me perdí en las brazadas versátiles, que versaban a escondidas a media tarde entre susurros, y adormecían silencios guardados en cajas de cartón. Me perdí como quien pierde un calcetín en la lavadora, sabiendo que aún guarda en el cajón otro par idéntico.
Me perdí en las sombras de la lámpara de araña que colgaba en el centro del techo, en medio de aquel horrible salón donde todas las noches, a las siete, se representaba la tragicomedia a la que me acostumbraron a llamar recuerdos de ayer.
Me perdí entre bastidores dos minutos antes de volar, y me fue imposible no preguntarme a mí misma como puñetas hacía siempre para esconderme y no saber dónde me había dejado.
Y en ese salón era todo absurdo, porque pasaran los años que pasaran, ya fueran dos o diecisiete, los chistes terriblemente malos y el humor siempre era el mismo. Negro.
Y es el humor que más detesto en el mundo.
La primera vez la entrada era gratis, la segunda había que pagar. Estábamos en banca rota, nunca repetía nadie. Era demasiado amargo incluso para ti, pero seguías asistiendo todos los martes, con tu corbata desabrochada y tus tres cubatas de más... a la última sesión de madrugada, sin faltar un solo día. Ni siquiera nochebuena y navidad. Te gustaba verme, y a mí también. En pasado, te gustaba verme en pasado. Y a mí me gustaba verte, en presente y en futuro. Para qué vamos a engañarnos.
Pero debía rogarle que no volviera a pisar este establecimiento.
Que no se colara por la puerta de los actores.
Que no falsificara el carnet de identidad.
Había pasado ya tanto tiempo que la actriz principal ni siquiera se parecía a mí. Era una de la mejores, dictaban diecisiete sugerencias y críticas destructivas, pero yo no me reconocía. A esas horas ya había vuelto a perderme, ¿queda mucho para el final?
Siempre queda demasiado.
¡Ah...! No será el último. Nunca es el último. A veces empalmamos a base de café.
Había vuelto a perderme y por algún casual siempre terminaba aquí. No había hora de cierre y no veía la hora de irme a casa. Me había encontrado hace un rato en los baños, llorando sentada en la tapa y con un tacón roto por la mitad. Y me había visto preciosa porque yo ya no era ella.
Era preciosa y lo había sido siempre,
soy siempre preciosa aunque ahora no.
Me sabía los diálogos de memoria, casi como si fuera yo quien los había escrito. Apenas había acudido una vez y me había sobrado de tantas. Abundantes y excesivas. Tenía gracia la ironía.
Y tú ibas a volver a marcharte sin dejar propina a la camarera, que da la casualidad de que seguía siendo yo.
¡Pues no te necesitaba, así que casi me dio igual!
Sabía encontrarme sola.
Siempre solía aparecer tarde y a última hora.
Aunque ya me estaba perdiendo otra vez en los golpes de moqueta que resonaban en tu manera de caminar, y en todas las miradas que te había echado ya a escondidas.
Y aún no te habías marchado...
y yo seguía perdida...
Juré una noche más que a partir de mañana no volvería a quitarme el ojo de encima...
y volví a perderme al perder(te) de vista.
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