lunes, 12 de octubre de 2015

Navegante de los siete mares

Quería hablarte hoy de las tormentas de verano, que sembraban tristeza en las sonrisas de los niños. Los techos se llenaban de goteras, y las paredes de moho. El cielo se vestía de gris angustia, y todo el café sabía siempre demasiado aguado.

—¿Ves tierra?—se preguntaban unos a otros casi por costumbre.
—¿Tierra? Olvídate. Solo veo mar.

Las mañanas se hacían tan cuesta arriba que casi parecían noches otra vez. Se daban la vuelta del derecho y del revés, desafiando toda ley física. Amanecía demasiado temprano, y aún así los días eran demasiado cortos. Solo unos pocos de los desafortunados eran capaces de ver salir el sol y rezar porque no se fuera nunca. Escribían, leían, bailaban a oscuras... y el reloj ni siquiera marcaba las seis de la tarde. Antes de que te diera tiempo a nada los párpados rozaban el suelo otra vez.

—¿Todavía nada?—preguntaban otra vez.
—Agua, agua, agua.

Desfilando y tentando a la suerte paseaban los flamencos, que bebían sin parar hasta estar del todo satisfechos. Hacía demasiado calor, y los mosquitos se comían tus entrañas. Había tantos pájaros por todas partes que nunca nadie conseguía aprenderse el nombre de todos. Algunas eran negros, otras blancos, otros grises. Sus picos de colores ya no brillaban al cantar. Ni esto era suficiente entre tanto y tan poco. Demasiado contraste para tan poca luz.

—¿Aún no encuentras nada?—volvían a preguntar.
—Todo igual que antes... todo sigue igual.

El aire era casi demasiado denso para poder respirar. Costaba, dolía, te llenaba de vacío. El agua demasiado oscura y el sol demasiado apagado. Y aún así quemaba, tócate las narices. Ni con mil nubes delante y cuatrocientos litros de lluvia. Todas las pieles del mundo se habían quemado demasiado ya. Era insoportable.

—Todo esto es inútil—se quejaban.
—Agua, otra vez.
—Mar, mar, mar, mar... siempre siempre mar.

Y la luna volvía a ponerse de nuevo, como todas las tardes del año a las seis. Y todo parecía volver a tornarse familiar, cotidiano, rutinario y aburrido. Todo parecía volver a ser igual.

Pero ''¡Tierra a la vista!'' chillaba, ''¡Tierra a la vista! ¡allí se acaba el mar!''.
Todos se giraron de golpe, y un ''¡¿Cómo?!'' colectivo inundó la niebla gris.
Y aún chillaba fuera de sí, ''¡Veo palmeras! ¡Veo arena blanca y pájaros de colores! ¡Veo vida, veo frutos, veo motivos para pisar tierra!''.

Revoloteaban por todas partes, agitando los brazos y soltando graznidos propios de animales, casi por pura ansiedad. A ninguno de ellos le pareció de pronto tan horrible nada que no trajera ese inmenso mar. Las tormentas de verano enjuagaban lágrimas de felicidad, y los niños, sus niños, sonreían con más ganas que nunca. Parecía aquel el mejor motivo para aprovechar y enseñar todos sus dientes, que hacían semanas sin probar bocado de emoción. Los techos goteaban vida, las paredes calor, el cielo lucía orgulloso el gris plateado más bonito del mundo y el café nunca había gustado tan fuerte. Las mañanas, desde entonces, se hacían demasiado cortas... ¡amanecía demasiado tarde y nadie veía la hora de poder irse a dormir! La oscuridad era un privilegio y un placer para todo aquel que se dignara a vivir un poquito. Sus párpados habían aprendido a deslizarse al ritmo de las manecillas del reloj. No había nombres para tantos, así que cada uno se encargaba de inventarse los suyos propios. Tampoco había colores para tanta variedad, así que también se encargaron de inventarse alguno más. El mundo se quedaba pequeño. Nunca había suficiente aire, ni suficiente luz. El agua se quedaba en nada... y casi no podían evitar echar un poquito de menos. Había veces que refrescaba, y todos ellos sacaban de mala gana sus jerséis de punto y lana, añorando también el calor infernal.
La luna se posaba contenta entre miles de peces plateados, como todas las tardes desde esa última. Como la primera noche desembarco en tierra firme.
Siempre decían que era cuestión de perspectiva.
Llevaban medio siglo con los pies sobre tierra, aunque la cabeza aún rondara por las nubes... y todo lo demás en el fondo del mar.

—¿Te queda algo de agua?—acostumbraban a preguntar.
—¿Agua? Olvídate. Solo veo mar...

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