miércoles, 7 de octubre de 2015

Escalofrío propio de septiembre

Hoy te escribo a ti, escalofrío propio de septiembre, para exigirte —y no pedirte, no te confundas— que me devuelvas todo el tiempo perdido. 

Ha sido mucho, seamos sinceros. Nunca sabe una cuándo va a hacer falta.

Y no. Con esto vengo a decir todo lo contrario a lo que estás pensando, que te conozco. No vuelvas a confundirte. Siempre fuíste un mal pensado. Presta atención, que es muy sencillo. No te me distraigas, como haces siempre.

Llevo ya —...he perdido la cuenta— esperando con ansia lo sumamente inesperado. 
Despierta y en vela noches que mi único deber era dormir a pierna suelta. 
Sin más, no voy a entrar en detalles. Guárdate las preguntas para el final.
Tachando nombres de marcas de cereales en la lista de la compra, solo para recordarme no perderte de vista ni un segundo más. 
Ni uno, ¿me oyes? Solamente uno sería una catástrofe. 
Tratando de no tararear ni un solo ritmo que no hubiera punteado antes todas las cuerdas de tu guitarra. 
¿Hay algún sitio en el mundo con mejor acústica que sobre tus costillas? Pregunto totalmente en serio, necesito pasarme por allí.
Tranquilizando a mi subconsciente y mintiéndole en la puta cara. 
Casi un poco por variar.

Una etapa pasajera, solía decirme. Primavera precoz y hormonas adolescentes. ¡Menuda trola...! Noveno mes, se nota ya el frío... ¿o soy solo yo?

Parece mentira, casi de chiste, que sea yo, la chica que nunca arriesgó ni de sobreseguro, la que ahora se la juegue a doble o nada. 
Juro que ni en blanco y en botella. Juro  que ni con trofeo en mano.
Hipócrita, ilusa. Descerebrada sin remedio. Atea del romanticismo a base de golpes —y por desgracia y para mi pesar... sin la consecuente muerte súbita—. Y, de la forma más sincera y clara posible, no sé qué puñetas se te ha ocurrido hacer conmigo... pero para. Un mal de ojo, quizá budú. No sé si pedirte que lo dejes todo y te vayas, o que no frenes hasta que pierda el conocimiento. 
Con lo que yo fui... ¿Qué ha pasado? Con lo que yo fui...

Parece mentira que ahora sea yo la que se atreva a jurar de palabras mayores, de esas que todo el mundo es capaz de escupir desde un tercer piso... pero que en mi caso aún se cuecen a fuego lento, en una olla que pierde calor. 
Ya se sabe, por la boca muere el pez.

No es mi fuerte esto de dar explicaciones... ¿Me sigues o empiezo otra vez?

A ojos de un cualquiera podría sonar hasta predecible... No hay defensa con coraza suficientemente fuerte, ni general sin nuevas estrategias como ases bajo la manga. En mi caso no hablamos más que de un triste soldado mandao'. 
¿Acaso importa eso? ¿Acaso ha importado en algún momento? 
Vuelves a confundirte. Tampoco eres tú el que sostiene el timón. ¡Estoy empezando a pensar que te haces el tonto a próposito! 

Yo siempre fui de pensar en imposibles, soñar despierta y caer de morros. También una actriz excelente, ¡y no es por presumir! Aún así has conseguido liarme... de verdad que no lo entiendo.

Ya que nos ponemos serios, explicame eso de que cada vez que me callo te escucho a ti, no me fastidies, en lugar del terrible y maldito silencio. Quizá seas tú ese alguien que debe dar explicaciones... ¿Qué frío de repente, verdad? Mejor cierro la ventana. Se me está poniendo la piel de gallina...

Pero no te escribía por eso, ni muchísimo menos. Tal vez con una carta no te sea suficiente para responderme a todas las preguntas; son demasiadas explicaciones las que te estoy pidiendo —y repito, sin exigencias, ya empiezas a malmeter—. Quizá escribiendo pequeño con tu letra regordeta entre en dos caras y media. Y yo qué sé.

Volveré a intentarlo de nuevo... solo una vez más: 
¿Dónde has estado todo este tiempo? Gracias a ti y a todos tus fantasmas siempre tengo los pelos de punta...

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