jueves, 22 de octubre de 2015

Atenea

Me hablaste del arte de la guerra
como sinónimo estratosférico de sinopsis apagada,
brillante y a oscuras frente a lunas tintadas
en el séptimo cielo del tercer paraíso.

Me hablaste del arte de maltratar con la mirada
y dejar caer pestañas cual huracanes grandilocuentes,
y ajusticiar justicias impropias, cinco dedos de frente,
y marear la perdiz quince veces y sumar otras tres por descuido.

Me hablaste del arte de agredir insolentemente,
de dormir colgada, del revés y sin derechos,
de soñar ironías y teorías disparatas por el mero hecho
de echar de menos a ojos cerrados tumbados bajo tierra.

Me hablaste del arte de reírse del maltrecho,
de someter imperios y personas a falta alguna de delito,
de destruir historias escritas en piedra a golpes y casi voz de grito,
de llorar tormentas de arena y cadáveres andantes.

Me hablaste del arte de romper como un arte exquisito,
de luchar como tragicomedia y reírse como absurdo remedio,
de tomarse a la ligera la perspectiva del dolor y tragarse recreo o intermedio,
de no cansarse nunca de vencer o ser vencido, de enfrentarse con alma de diablo expuesto.

Me hablaste del arte de guerra como curación divina al tedio,
total piedad perdida ante cuerpos que antes de tiempo flojean,
lazos deshilachados, extraviados tratados que ya no se ojean...
injusticias y desdichas por fortuna magnate de la infeliz y trastornada Atenea.

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