miércoles, 21 de octubre de 2015

Décima noche en la mesa tres (IV)

—Voy a intentarlo una vez más... —traté de tranquilizarme y ordenar mi juicio en su sitio— y no repetiré un solo por qué.
—De acuerdo—me siguió.

Hasta la voz de la presentadora del telediario, a dos metros de mí, en una tele antigua, ancha y con culo, sonaba lejana y silenciosa.

—¿Qué buscas?
—¿Qué busco? —y casi, si no le conociera, pareció sorprendido.
—¿Por... —me frené— las preguntas.
—¿Las respuestas? —trató de atajar.
—Las preguntas —confirmé seguro.

Se llevo un palillo de madera a la boca y jugueteó con él entre los labios, masticando y tragando cada segundo de ese terrible silencio angustioso.

—Explícate —me pidió.
—No, explícate tú —le exigí—. ¿Cuál es el fin de todo esto?

Tranquilidad apabullante y felicidad desmedida innecesaria. Ojos claros, gastados de tanto mirar.

—¿El fin de todo esto? —repitió meticuloso.
—Eso he dicho.
—¿Te refieres al final definitivo?
—No —contesté tajante—, sabes de sobra a lo que me refiero.

Otra copa sobre la barra. Y con esta iban tres.

—No puedo responderte.
—Claro que puedes —insistí.
—¿Tendría que haber un fin a todo esto?
—Tal vez —me encogí—. Siempre lo hay.

No tardó más de cinco segundos y yo ya me había vuelto loco del todo. Todas mis uñas sangraban de nerviosismo y mis pestañas saltaban al vacío gracias a todos y cada uno de mis lamentos.

—Un porqué —confirmó.
—¡No! ¡No vas a pillarme otra vez!

Solté de golpe un puñado abundante de monedas sobre la barra y tres tragos resbalaron por mi garganta de una sola vez. Fuera hacía demasiado frío y había olvidado mi cazadora en el coche... pero cualquier sitio era mucho mejor que aquel.

—Consideralo un regalo —me llamó.
—¿Un regalo? —pregunté sin obtener respuesta, a punto de liarme a puñetazos con cualquier pared— ¿Quieres hacerme creer que toda esta tortura no ha sido más que un favor?
—¿No debería ser así, pues? Te estoy regalando conocimiento.
—Me estás regalando dudas —le corregí—. Las respuestas serían el conocimiento, me figuro. Y ni siquiera eso sería válido sin forma de demostrar que andas en lo cierto.

Mi atrevimiento pareció no provocar en él consecuencia alguna. El frío de la noche golpeaba mis mejillas. Alguien pidió al fondo que cerraran la puerta.

—No hay manera de demostrar que ando en lo cierto, ni que nada es cierto, ni que el hecho de tener respuestas ciertas sería lo idóneo. No hay manera de demostrar que las respuestas fueran sinónimo de conocimiento. De esta manera partimos de la nada y de lo único que nosotros podemos crear, y ya sean incógnitas o verdades magnates... ¿no serían estas pues el equivalente al único conocimiento que podríamos adquirir nunca; ninguno?

Callé.

—¿Y no es eso acaso equivalente a inteligencia? ¿No es sinónimo eso de libertad? —me discutió.

Mis pies volvieron a pisar las baldosas del local, ansiosos por la posibilidad de recibir por fin respuestas.

—Estás creando ideas a causa de esas dudas.
—¿Que tú me has regalado? —interrumpí con voz desafiante.
—Que yo te he puesto delante —me corrigió ahora él—. Te he impulsado a pensar y crear ideas. Considero este el mejor regalo que se puede hacer a alguien como tú.

Ante mi silencio no patinaron más que dudas que se perdieron en el eco de mi cordura.

—Esa es mi teoría —concluyó intentando poner fin a la conversación.
—¿Científica quizá? ¿Filosófica?
—¿Acaso importa mucho?

Me reí ante tal ironía y volví a sentarme en la mesa. No me explico aún por qué lo hiceni sigo haciéndolo. Quería marcharme, pero aún necesitaba respuestas. Se hacía tarde... me dije. No me escuché ni me hice caso.

—No lo veo justo —argumenté un rato después—. Yo no te he pedido nada... y ahora mírame. Me estoy volviendo loco.
—La locura es relativa y la justicia no existe ni ha existido jamás.
—¿No? —cuestioné.
—¿Qué es justo?
—¿Qué es justo? —repetí tratando de ganar tiempo.
—¿Has sido testigo alguna vez de algo así?

No supe qué responder.

—Yo... —balbuceé.
—Cuestión de fe —trató de consolarme—. Siempre he pensado que se trata de cuestión de fe. Ahí ya entrarían tus criterios. Creer en la justicia no es siempre sencillo.
—¿Por qué dic... —me frené—. No tiene sentido. Olvídalo...
—¿Sabes? —divaga—. El sentido tampoco existe...

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