Era revolución.
Era caos y prejuicios.
Era fortuna, deseo, lujuria.
Era locura y desaprobación.
Era todo aquello de lo que te apartaría tu madre.
Era la peor influencia que podías tener.
Nacía de dentro hacia fuera.
Se escapaba.
Chillaba.
Resucitaba.
Coronaba las noches de estrellas.
¡Nacía de dentro!
¡De todos y de cada uno!
E invadía carreteras,
laberintos,
arterias.
Invadía ideologías.
Invadía pensamientos.
Te invadía.
Se criaba en callejones y susurros a la puerta de un bar.
Lágrimas de deseo.
Era deseo,
puro deseo de cambio.
Puro deseo de mejora.
De mejor vida.
Era vida.
Silenciosa como la oscuridad
y alborotadora en las puertas del parlamento.
Letal.
Segura.
Infecciosa.
Sigilosa.
Nadie se daba cuenta hasta que era demasiado tarde.
Explotaba y ganaba.
Explotaba y perdían.
Nunca jamás televisada.
Completamente prohibida.
Soñaba con la inmortalidad aunque no le hacía falta.
Nunca, nunca, nunca moría.
Era cambio.
Era necesidad.
Era lamentos del pueblo enemigo.
Era revolución, he dicho.
Era revueltas y evolución,
y jamás sería sometida.
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