sábado, 12 de septiembre de 2015

De resaca hasta las 5.00

No puedo dormir por culpa de la resaca y eso que no hago más que repetir. Rectifico: no puedo dormir por tu culpa. Son las doce y las horas no pasan. Mañana curro y aún sigues aquí. Que te vayas. No puedo dormir por tu culpa.

—Tú eres todas las malas mezclas del mundo,
    el Yo nunca que siempre es mentira,
    las botellas más baratas del Mercadona,
    calimocho del malo y ron—.

En este techo ya no tengo estrellas. Se quedaron encerradas entre barrotes. Muy dos mil tres suena todo esto. Está vacío, blanco y gris. El insomnio suena poco atractivo junto a este panorama. El insomnio suena poco atractivo si solo estás presente en forma de este. ¿Qué hago yo ahora? No puedo contar ni eso. No puedo contar contigo, ¿verdad?

—Solamente todos los besos que aún me debes—.

Son bastantes eh, me da para un rato. Aún así estamos en las mismas. Vacío, blanco y gris. ¡Resaca! Mierda. Eres una jodida resaca. El reloj aún marca la una y yo no tengo nada que hacer. La una aún. La una. ¿Qué hago yo aquí tumbada todavía? Me duele la cabeza de pensarte y tengo los labios dormidos.

—Pues te los despierto, podrías decirme.
    Ya estás tardando, diría yo—.

Pero no, gracias. Solo eres resaca asquerosa. Tu existencia es un simple castigo. Demasiada diversión para una noche, diría mi madre. Nunca es demasiada, mamá. De lo bueno nunca hay suficiente.

—De ti por desgracia sí, vaya. Resulta que no eras tan bueno como parecías—.

Pero me ahogaría en todas las botellas del mundo solo por una resaca de tal dimensión como tú. Dos de la mañana. Una menos en Canarias. Y yo sigo exactamente igual. Acabo de vomitar las mariposas. Ya no queda ni una, creo. Espera. Ahora. Ahora no queda ni una. Por fin. Me voy a tumbar, ¿vale? Me duele la cabeza. 

—Tú me dueles más, pero no se lo digas a nadie. Es un bocazas de mierda—.

Se me ha olvidado quitarme el rímel, pero ya como que da lo mismo. Más daño no puede hacerme. Más triste no puedo parecer. Qué exagerada soy a veces. Cállate. Cállame. Que me da igual, los labios siguen dormidos. Y ahora que lo dices... yo llevaba pintalabios. Debo de habérmelo dejado en el cuello de algún desconocido sin nombre.

—Que sí, que sí, que nombre tendría. Pero a mí qué más me da, solo suena bien el tuyo—. 

Tengo una pinta espantosa. Menos mal que estás presente a medias. Jodida resaca la tuya. Jodido vodka del malo. Tres. Son las tres. En cinco horas me levanto, ¿lo sabías? Y aquí sigo. Son las tres. Jodida mierda. Jodida resaca, he dicho. Me voy a la cama. Sí, a la nuestra. Lo siento, pero yo no paso una noche más en el sofá. Me duelen todas las vértebras del cuerpo. Las sábanas huelen a ti, pero voy a tener que aguantarme. Me jode y mucho, pero creo que no podría ir a peor.

—Qué incómodo el colchón si tú no estás encima—.

Me he puesto a pensar y me he dado cuenta de lo que te odio. Mucho. Es más bien como un odio infinito. Pero, ¿sabes? aún así... el odio está más cerca del amor que de la indiferencia. Y yo busco dormir, no odiarte. No me líes. Joder. Insomnio tenías que ser. Las cuatro. Me duelen los dientes de apretarlos. Y la espalda. Y los labios. Y la cabeza. Y los ojos. Y las piernas. Y las mariposas. Y la vida.

—Todo esto es culpa tuya y de la camarera que siempre me invita a chupitos—.

Creo que se me está empezando a bajar la tontería. La cara de moribunda de mañana será monumental. Un puto monumento tendría que hacerte por cada sábado. Gracias. No. Intentaba ser sarcástica. No te enteras. Resaca. Eso es lo que eres. Siempre igual. Siempre la misma historia

—¿Por qué si me odias tanto vuelves a mí todos los sábados de madrugada?—

Y yo qué sé. No me líes, que ya has hecho suficiente. Vete, anda. Vete ya. Las cinco. Son las cinco. 

Jodida resaca. No puedo dormir por tu culpa.

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