Nunca entendí su manía
de taparse la boca al reír.
Tenía una sonrisa tan imperfecta que te hacía caerte para atrás
y se empeñaba
en ocultar
todo lo bonito de una carcajada.
Siempre a escondidas
sin dejarse ver.
Explotaba en mil pedazos
cuales lloraban lágrimas de alegría.
Explotaba en euforia y rompía a reír.
Y se tapaba la boca.
No lo entiendo.
Con lo imperfecta que era su sonrisa.
Casi te hacía pensar lo contrario.
Se partía de risa en dos,
cuatro,
seis cachitos.
A todas horas.
Todos los días.
Con prisa y sin pausa.
A medias y a enteras.
Explotaba, te digo que explotaba.
Y se tapaba la sonrisa.
Y se aguantaba la carcajada.
Y se ponía roja de tanto reír.
Sonaba alto,
gritaba alegría.
Sonaba altísimo
como al primer concierto que asistes
de tu grupo favorito.
Te hacía vibrar y enseñar todos los dientes.
Te hacía volverte loco, como ella.
Una
carcajada
eran
los pelos
de punta.
Se tapaba todo el tiempo.
No había manera, oye,
no había manera.
Un día le pregunté por qué lo hacía
si eran las carcajadas
de las cosas más bonitas
que tenía.
Me dijo que no podía dejarse ver
y yo pregunté qué era lo que no podía verse.
Monstruos,
mentiras,
sueños rotos,
dolor.
Imposible—dije yo—. No caben cosas tan horribles dentro de unos labios tan bonitos.
No era ironía,
ni sarcasmo,
ni una broma,
lo juro.
Pero eso es lo que ella creía.
Acostumbraba a tomarse todo a cachondeo.
Y propio de ella
soltó una carcajada al aire
y tapó de un solo golpe su sonrisa.
Nunca entendí su manía
de taparse la boca al reír.
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