¿Cuántas rosas me hacen falta
—rojas, negras y amarillas—
para que me bailes sobre los talones
cada vez que me cruzo contigo?
¿Cuántas tardes de película
—subidón de azúcar incluído—
para que jures, prometo palabra,
volver a chocarte por casualidad?
¿Cuántos sonetos tengo que escribir
—que este no lo es; así quiero llamarte—
para enquistarte sonrisas nocturnas
y dos besos a la espera de tú vuelta...?
¿Cuántas ganas más me tengo que aguantar...
justo
antes
de
dormir?
Le he perdido ya el sentido a esperar...(te)
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