domingo, 24 de enero de 2016

Tachones 24

Nunca he sabido llorar en alto porque me da vértigo escuchar cómo caen todas las mentiras que escondo al suelo... llamando a los bomberos y pidiendo ayuda, presumiendo ante el océano más grande del mundo, bailando realidades que me comen las entrañas, arrancándome vísceras que hace años que no siento y lo manchan todo de tristeza, y me empapan las razones que he perdido.

Nunca he sabido reír al descubierto porque me da palo y remordimiento restregar, a aquel que ha intentado romperme a carcajadas (aún sabiendo a tientas que me faltan mil piezas que andan escondidas por el suelo, doscientos tornillos que se me han caído, quince colmillos que sangran mordiscos y una razón por la que perecer), lo que realmente está viviendo mi sonrisa y lo jodido que está el asunto del humor a mi parecer.

Nunca he sabido gritar sin hacer daño porque me da agobio pensar que si no grito lo suficiente (y no me deshago de todo lo que cargo sobre el pecho, aunque solo sea por un rato y de visita turística desde las verjas de la jaula)... cualquiera de las lágrimas y de las sonrisas de antes quedará expuesta como un boceto sin firma de autor.

Nunca he sabido asustarme tanto como para salir corriendo y no volver nunca jamás puntualizar bien el final de una historia que lleva días y semanas pintada a oleo sobre un lienzo donde se seca el eco del grito más agudo del mundo.

Nunca he sabido vivir ( a secas) porque me da miedo pensar que en el momento previo pueda darme un lapsus (más fuerte de lo normal) que me encierre por siempre a oscuras en el cuarto de las ratas castillo donde he vivido desde que nací caí.

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