jueves, 7 de enero de 2016

Poética Madrid

Siempre has tratado de escribir belleza
y recitar entre dientes dolor y alegría.
Siempre has preguntado sin esmero ni interés
por aquello de la prosa y la poesía.

¿Y qué hay que escribir?
¿Y cómo hay que hacerlo?
¿Y cuánto, y dónde, y por qué, y sobre qué?
¿Qué es aquello del amor y de la muerte,
del orgasmo del regreso y de los celos de la falta
de las estrellas que brillan intermitentemente 
y de la magia de Madrid?

¡Qué tontería tenéis todos con Madrid últimamente!
¡Qué tontería encontráis en un ciudad tan llena de gente!
¿Dónde está la vida en el asfalto y en el metro de las siete?
¿Dónde está la gracia en la similitud?
Por qué
os empeñáis
en buscar
belleza
en
donde solo
hay
multitud.
¡Por qué os empeñáis en buscar belleza en la corriente y lo dicho de siempre!

Me preguntas sin mirarme que por qué te grito
y es entonces cuando alzo la voz y proclamo,
en cinco idiomas y dieciséis decibelios,
que no entiendes de sobremanera que se ríen en tus narices
—o de tus narices
o sobre tus narices
o por tus narices
que lo mismo da—:

Madrid no es poesía,
follar no es poesía,
el café no es poesía,
poesía no eres tú.

Esto no es poesía,
la literatura no es poesía,
¡cómo habría de serlo
y cómo pudo no haberlo sido!

¿Y entonces qué, qué me queda?

¿Que qué te queda?

Eso he dicho.

Pues bien,
intenta no plagiar más versos
ni fantasías idílicas, ni ideales de belleza...
Compón una sola estrofa
que no contenga nada de lo anterior.
¿Qué ha quedado entonces...?

Poesía.

Poesía decía yo.

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