Ella solo nacía primavera
y moría a finales de abril.
Decía que no le gustaba el frío
porque no quería congelarse
como cada vez que el tiempo
se posaba en sus pupilas.
Y si mirabas sus pupilas
era sencillo quedarse congelado.
Entiendo que el tiempo no pudiera resistirse.
Escribía en hojas secas
a tinta líquida
y luego las escondía debajo de los tejados
para que todos sus versos
y sus gritos al vacío
no pudieran borrarse nunca
como había hecho siempre su presencia
y el rímel que enmarcaba su mirada
asesina
cada vez que se emborronaba
con el chaparrón de turno.
Pero ella no quería ser febrero ni agosto,
ella quería ser siempre abril.
Lloraba porque era lo más sencillo
y más parecido
a rozar el mar con la punta de las pestañas.
Aún así era más de alcohol
que de sal
en la herida.
Siempre que despertaba las flores ya estaban abiertas
porque ella era entera lluvia.
Lluvia y primavera.
Los huesos le quebraban al estirarse por la mañana
y los músculos se le entumecían
porque de tanto moverse
había conseguido quedarse quieta del todo.
Completamente quieta
pero sin parar de llover.
No comía manzanas rojas
por complejo de princesa
ni calzaba zapatillas
que sonaran al andar.
Siempre quiso ser invisible
y lo había conseguido.
Era vaho,
vaho y rocío.
Reía al ritmo de las hojas del calendario.
Pero nunca las pasaba
porque no había tiempo suficiente
como para andarse con tonterías.
Abril se acababa
y con ella el frío que no hiela
y el calor que no calienta.
Diría que sabía volar
pero jamás pisó suelo firme.
Su vida entera era un simulacro.
Y todo el mundo sabe
que nunca nadie
se los toma en serio.
Era una broma pesada.
Siempre creyó que era tormenta de verano
pero no se dio cuenta
de que mucho frío a veces quema.
Y ella entera era hielo
y quemadura de tercer grado.
Menuda ironía aquella de nacer primavera
y morir antes de mayo.
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