Yo conocía a un poeta
que más que dramaturgo
era arquitecto de vocación.
Escribía solamente versos
-con formas de escalera-
que te subieran a los cielos
y te dejaran rozar la cima,
perder la cuenta de las estrellas,
mantener la cabeza en las nubes
y volar sobre los tejados
sin suelo bajo los pies.
Versos con forma de escalera
en los que contar escalones era absurdo.
Cuanto más alto, mejor.
En eso no dudaba nunca.
Él no escribía poesía,
ni rimas,
ni metáforas,
ni mentiras
o ironías.
Él escribía vida.
Él escribía sueños.
Él escribía metas.
Él escribía, vaya, y con eso era más que suficiente.
Volar era fácil.
Tropezarse aún más sencillo.
Caer casi imposible:
las rampas estaban terriblemente prohibidas.
Y a veces algún escalón se quebraba
pero poco importaba aquello
en el pico más alto del mundo.
Había tantos... tantísimos tipos...
¿Sus favoritas? Las de caracol.
Tanto le gustaba darle vueltas a todo
que algunos médicos le diagnosticaron locura.
¡Bendita locura la suya!
Cuanto más largo el viaje, mejor.
Dibujaba tormentas con tinta de colores.
Escribía renglones infinitos
que cerraba con un punto y a parte...
Porque nunca acababa su trabajo.
Nunca construía un muro que chocara con el cielo.
Nunca escribía punto y final.
Pero qué cariño le ponía a cada verso.
Nadie en el mundo daba tanto por tan poco.
Escaleras infinitas de versos inacabados.
Escaleras infinitas que rozaban los abismos
sin tocarlos del todo
sin perderlos de vista.
Porque nunca, nunca, nunca escribía punto y final.
No en sus escaleras.
No en sus versos llenos de vida.
No en sus obras.
No en sus bocetos a medio acabar.
Siempre.
Siempre a medio acabar.
Solamente el final significaba caer.
Solamente un verso roto
era sinónimo
de una muerte prematura
escaleras abajo
descendiendo desde el cielo
hasta el mismísimo infierno.
Pero eso con él era difícil
porque nunca sabía uno
si estaba en el tercer piso
o en el trescientos quince.
Arquitecto de escaleras hasta el cielo.
Conocía un poeta,
constructor de escaleras y bocetos sin acabar,
sin fin alguno y sin principio,
sin rampas,
sin puntos,
sin condenas
y sin muerte.
Conocía un poeta
arquitecto de vocación.
Constructor de vida y sueños
sin tinta suficiente para terminar.
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