Eres tú el que se mete con el chico callado de la clase,
sin tener ni idea de por que no habla,
y por qué prefiere callar
antes que fingir y convertirse en un cobarde.
Eres tú el que llama puta a la chica que únicamente se lo pasa bien,
y que tiene que soportar ser juzgada
por no hacer ni la mitad de lo que tú haces cada fin de semana
y por ser mujer.
Eres tú el que se pega con el primero que se atreve a darte la cara,
por el hecho de ser más bajito que tú,
o menos fuerte, o más débil,
y tener los cojones de decirte algo.
Eres tú el que oprime, obliga y acosa,
por creerte el mejor,
el que nunca se equivoca,
el que tiene la obligación de cambiar todo lo que no le parezca bien.
Eres tú el primero que se lanza a por la tía buena de la barra,
sin pensar que quizá ella no quiere nada contigo,
y el que se pone plasta, y el que insiste,
hasta hacer que esa chica quiera volverse a casa.
Eres tú el que insulta y habla por las espaldas,
y luego va de maduro, de chungo,
de sincero, de valiente,
aún siendo el primero que no soporta una crítica.
Eres tú el que piensa que siempre lleva la razón,
aunque, para nada, se acerque a lo razonable,
y que afirma, sin ninguna duda,
que somos el resto los que nos equivocamos.
Eres tú el que hace lo que quiere,
el egocéntrico de mierda que todo lo hace bien,
el que no soporta que le lleven la contraria
y el que tiene que tener el control sobre todo.
Eres tú el que hace daño,
y el que no soporta el dolor.
Eres tú el que jode,
y el que no soporta ser jodido.
Eres tú el que duele,
y el que no soporta que le dañen.
Y luego, además, pretendes que no te llame gilipollas.
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