De vez en
cuando te encuentras uno de esos días en los que todo sale al revés. Si algo
puede salir mal, ni te plantees nada, saldrá mal. Días en los que debería estar
prohibido levantarse de la cama y correr el riesgo de vivir una vida. Es
demasiado arriesgado, y qué bien se está en la cama, entre sábanas y
almohadones. Días de mal pelo lo llama mi padre. Y hoy es uno de esos días, y
siguiendo la regla, tengo un pelo horrible. Y una cara espantosa. Y una actitud
demoledora. Hoy es mejor que no se me acerque nadie, porque muerdo. Y no estoy
de humor. Y no me apetece lidiar con personas, ni animales, ni plantas, ni
ningún tipo de ser vivo. Hoy solo me limitaré a fantasear con mi cama, siempre
fiel, y a criticar todo lo posible cualquier cosa que se me pase por la cabeza.
Pero, con la buena suerte que tengo siempre, hoy es navidad. Hoy, precisamente.
Así que me toca lidiar a mí misma con mis pensamientos y sacar una sonrisa
afuera, al intemperie, para que todo el mundo la vea y diga ‘’Oh, Blanca, que
guapa estás’’. Mientras, yo por dentro estaré maldiciendo a todos sus muertos.
Es injusto, pero se me da demasiado bien fingir. Siempre hay que tener cuidado
con cada uno, vigilar a quién se abraza, porque uno podría pincharse con todos
los cristales de dentro, o inundarse entre lágrimas saladas, o, simplemente,
recibir una puñalada por la espalda. Hay que tener cuidado y aprender a ver más
allá, detrás de la sonrisa. Porque, como digo siempre, no todas las sonrisas
desprenden felicidad. La mayoría, normalmente, oculta más que eso.
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