Hablamos de la chica acostumbrada a eclipsar toda belleza existente en el mundo. De una Afrodita descarada sujeta a un ego volador y a montones de billetes vacíos de peso. Cualquier cosa suena mediocre comparada con los lunares de sus clavículas. Cualquier intento de métrica increíblemente escueto frente a sus piernas entre faros nocturnos. Insignificante todo juramento pasado comparado con su constante taconeo, que rebota contra el cielo cual pelota de ping pong. Dicen de constelaciones y de osas mayores... no me digno a nombrar galaxia bajo sus marcadas ojeras de ayer. Nudos que se amarran a raíces de su pelo para no resbalar en remontadas propiamente dichas. Moratones violáceos que se pintan por su cuerpo solo para poder rozar un poquito de su piel.
Nadie escucha sus historias porque eclipsa palabras partiendo la barrera del sonido. Nadie escucha sus latidos porque pierde razones prestando mentiras a cambio de vicios.
Es indiferente y está perdida, como todas las chicas de ahora a las que siempre dedican poesía. Prostitutas baratas y pretendientes insensatos, dispuestos a meterse en líos por una muestra sola de su rastro a vainilla. Perfume robado y abandono callejero; caída de pestañas y huracán en la quinta avenida. Diosa griega del Olimpo acostumbrada a la buena vida; huérfana de experiencias, realidad y percusión.
Afrodita se tiñe los labios de rojo una noche más en la esquina del callejón.
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