El chico tenía algo, no sabía el qué. Le resultaba familiar... le había visto en alguna parte. Ojos pistacho, rasgados; pelo muy corto, al uno... Probablemente viniera del ejército. Una mandíbula muy marcada pero el rostro aparentemente amable. Nariz recta, espalda ancha, metro noventa. Parecía sacado de una película, y por todas las miraditas al entrar, no era la única que se había dado cuenta. Se podría decir que lo tenía todo. Anastasia apartó la mirada de aquel chico, por miedo a ser descubierta, y fijándose en una pequeña tele frente a la barra de aquella cafetería granate y beige, dio un sorbo a su café solo. Aún quemaba. El volumen estaba al mínimo, así que sólo se veía gesticular a aquella presentadora tan guapa.
Algunos tanto y otros tan poco, pensó.
El chico del ejército se sentó a su lado, y pidió un café, solo, como ella. Ya había olido esa colonia antes. Quién era ese chico, y por qué parecía haberle visto ya antes. No se habría olvidado, una cara así no se olvida. ¿Entonces? No tenía sentido. Una alarma empezó a sonar en aquella cafetería tan oscura y como si no quiere la cosa, todos los allí presentes cogieron su taza de café y de pie se la tiraron a ella. Empapada y perpleja, Anastasia se puso a chillar y en ese momento el chico de nombre desconocido tiró el periódico al suelo y saltó por la ventana.
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