Según he oído por ahí, amar significa sobreponer las necesidades del otro a las tuyas. Cuando te expones a amar a una persona, te expones a que esta te haga daño. Le confías tu corazón a alguien con la esperanza en que no lo destroce, iluso de ti. Le das todo a cambio de lo mismo. Y, por triste que parezca, por muchas veces que rompan tu corazón, jamás se pierde la esperanza. Jamás se aprende la lección. Jamás se deja de creer. Es como pensar en que puedes atravesar una pared, pegarte golpes constantemente, levantarte y volver a intentarlo. Confiando en que algún día algo cambie las propiedades de la pared, se vuelva de papel o te conviertas en fantasma, qué se yo, y puedas por fin atravesarla. El problema está, como dice una amiga mía, cuando no cambias de pared. Cuando se convierte en un muro de piedra de cinco metros de alto, el cual tampoco cabe la posibilidad de saltar y ahí sigues, intentándolo, desesperado, sigues chocándote. No te vas a la vallita de madera de enfrente, no no: lo imposible atrae más que nada. Lo consigues, te destrozan, te echan a patadas por encima del muro que tanto costó escalar. Y desde abajo, con las rodillas raspadas y el cuerpo lleno de moratones lo intentas otra vez. Y el muro ahora se vuelve de diez metros. Y te duele más el alma y el corazón que cualquier otra cosa, entonces llega alguien que te escucha, que te entiende, que encaja... y se esconde en la pared de tres calles más abajo que tendrás que atravesar, atraído cual marinero por cántico de sirena, para más tarde tener que escalar trasformada en muro.
Todos los puentes están enamorados de un suicida.
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