Me rompí, me rompí en mil trozos estando ya rota.
Me rompí en tantos trozos que pasé a ser polvo, pisadas y aire;
pasé a ser suspiros y recuerdos indiferentes;
pasé a ser dolor, historia y ficción.
Cuándo me fue escrita esta meta,
cuando anunciaron por megáfono de tortura
que nacería para doler y que me duela,
para sufrir,
agobiar,
hacer daño,
y desaparecer;
cuando el envenenado se convirtió en veneno;
cuándo tenerme cerca era crisis y peligro;
cuándo ser persona y aprender fue pecado
y cuándo vivir,
siendo e intentando,
resultó ser un error en todas sus variantes;
cuándo decidisteis, monstruos malditos, que convertirme en vosotros solamente serviría doliendo
como podéis doler
no olvidasteis que,
siendo yo,
no podía permitirse no contagiar
enfermedad letal
de desengaño
y así no permitisteis
tampoco
que doliera ni un cuarto
de lo que me dolería yo a mí misma solamente al respirar.
Apartadme,
metedme en cuarentena,
enterradme bajo tierra y no recéis por mí jamás,
olvidad intentos que en vano surgieron,
fantasmas de amor y rechazo al arrepentimiento,
continuad baladas
escritas a lápiz al margen
hablando de todo lo que mi tristeza
(hija vuestra)
se encargó de hacerme
y todas las pesadillas que tuve que sufrir, morir
y nacer,
y quedarse en el globo de mis ojos,
en la sombra de mis pupilas,
y en el borde de mis pestañas,
convirtiendo esta mirada grande y marrón
en un agujero negro
que ya no ve,
no entiende,
no siente,
no vive
y solamente llora por la pérdida,
perdida y perdida,
regalando espectros
que cicatrizan en sangre y quemadura
y desaparecen
dejando un recuerdo amargo
de melodía sin compás
y borrad.
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