Quería sin entender...
como quien confía a ciegas,
sin abrir los ojos lo suficiente como para diferenciar sombras
y sin cerrarlos tampoco tanto
como para no dejar entrar luz.
Quería sin entender...
y por eso los ve(r)sos se alargaban siempre demasiado.
Quería sin entender...
y no había palabras para describir la sonrisa de sus iris a medio desteñir,
esa manía suya de mover los deditos al descalzarse
y la mordida marcada en el tapón de su bolígrafo,
el que solo utilizaba para los exámenes de inglés.
Quería sin entender...
y no había palabras para explicar su demencia incoherente,
propia de maníaca depresiva,
pero le sobraban confesiones al aire que regalarle,
entre sueño y pesadilla.
También él sonreía dormido.
Tampoco había que buscarle a todo explicación.
No se necesitaba pretexto
para adivinar por arte de magia
que su amor era ciego;
de los que siempre encuentran excusas
de las que luego deshacerse
por miedo al ''qué dirán''.
De esos amores sin transcripción
de localización indefinida,
tal como una epidemia invencible o equilibrismos
con vendas en los ojos... sobre una cornisa.
Querían sin entender un amor vivo, letal y ciego,
escurridizo e incontrolable
indecente e idílico a partes igualitarias,
no sabiendo ni desconociendo con esto
que era exactamente de lo que huían
lo que amarraban con desespero.
Querían sin entender eso que les ataba manos y pies
que les sedaba con ojos abiertos y les hacía perder el control.
Querían a cualquier precio,
sin importar dónde ni por qué,
y gracias a Dios que fue siempre así...
por desgracia era de esos que matan demasiado deprisa.
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